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Mi segundo día de vacaciones estuvo teñido de la misma tranquilidad pasmosa que el primero. Los suegros pasaron a desayunar -desestimando nuestros hábitos nocturnos y conminándonos a salir de la cama a las once de la madrugada-, tras lo cual me fui a pasear por un par de bancos (fah, apasionante) en plan de convertir un cheque en efectivo y de deshacerme del efectivo en ese bottomless pit llamado American Express (en mis fantasías oníricas más pelotudas, la tarjeta de crédito es un sarlacc).

Las fajitas que cenamos anoche nos cayeron como el orto y Ro se está preparando un suculentísimo arroz-con-nada para subsistir a ese futuro incierto llamado "la cena". Yo aún me debo un rato de literatura y, quizás, ver alguna peli. Pero hay tiempo, por delante. Dormimos tres horas de siesta así que, a esta hora -la de la cena- el día recién empieza.