De gallinas y lombrices
Desde la muerte de Nestor Kirchner, la militancia on line -la peronósfera, como los llama Sirvén, los blogger K, como les dice Gallo- corre desbocada, sin rumbo, sin sentido, sin control, hablando desde el dolor (gran enemigo del buen discurso político), como una gallina mutilada.
El kirchnerismo perdió ayer ni más ni menos que a la cabeza que le da nombre y sentido al movimiento.
Su desafío -político y comunicacional- será ahora decidir si van a ser gallinas hasta desangrarse o si tienen la capacidad de ser lombrices de agua.
¿Qué tiene Sancor Bebé 3?
Homosexualidad mórbida
Las chicas superluminosas
Premisa choreada, remate diferente
Negra noche
Otros rubros, severamente afectados por las sucesivas crisis de nuestra economía, estarían en carpeta para tener próximamente su noche de gloria y protagonismo. El pueblo espera ansioso La Noche de los Puestitos de Choripanes, La Noche de los Alfajores y La Noche de los Prostíbulos.
Baby on board
Historia del crimen
Cuando era chico, una de mis series favoritas era Historia del Crimen. Ver al durísimo detective Mike Torello correr detrás del mafioso Ray Luca como un burro detrás de una zanahoria inalcanzable por las calles de Las Vegas hizo las delicias de mi preadolescencia. La serie era audaz e innovadora. Era “Los intocables”, pero moderno. Ray Luca fue el primer narcotraficante en una serie de televisión, aún antes de que se hiciera famosa “Miami Vice” y las persecusiones eran particularmente violentas. Me encantaba “Historia del Crimen”.
Hasta que, hace poco, haciendo zapping, volví a tropezar con esta serie.
¡Santos emboles saltarines, Batman! ¡Cómo me aburrí!
La serie de mis amores me resultó, pasadas más de dos décadas, lenta, soporífera, poco creible. Y, claro, después de la intriga que provoca “Lost”, cualquier misterio en una serie setentosa u ochentosa es un juego de niños... y de niños con algún problemita mental. Después de la velocidad con la que suceden las cosas en la guardia de “E.R.”, las persecusiones de Torello parecían un derby de caracoles y tortugas. Después de las autopsias de “C.S.I.”, la sangre de “Historia del Crimen” se me hizo como ketchup recién extraído de un sobrecito de Burger King.
Porque, con los años, y a medida que fui conociendo y consumiendo más y mejor televisión, mis estándares fueron subiendo. Ahora, ya no me conformo tan fácil, y si bien puedo ver a viejos amores -como “Historia del Crimen”, “Los Invasores” o la versión original de “Viaje a las Estrellas”- con un aire de nostalgia, tengo que admitir que son una reverenda cagada.
Y no puedo evitar preguntarme, mientras Del Shannon canta Runaway, qué carajo hice con vos todos esos años.
Todos unidos triunfaremos
Una visión mesiánica del liderazgo
Grandes actos públicos
Apoyo al sindicalismo
Medidas sociales populistas
Estatización de empresas
Control de los medios
Una sola letra de diferencia
Nuevos medios y la lengua popular
Ahora sí, comprobadamente, estamos ante un nuevo medio masivo de comunicación.
A tu salú
El atardecer sorprende al Capitán Dubrovnik en el puerto de Osaka, en Japón. Han terminado una operación de descarga y media docena de japoneses -entre agentes, oficiales de aduana y peritos de distinta calaña- estan sentados a la mesa en su oficina, a bordo del buque. Para celebrar el éxito de la descarga, el Capitán ordena a uno de sus suballternos que sirva el mejor whisky de a bordo en todos los vasos y pronto el amigo Jack Daniels se hace presente en la concurrida mesa.
Uno de los japoneses, particularmente alto para su raza y perito por parte de alguno de los seguros, pronone el brindis diciendo "cheers", en perfecto inglés mal hablado, que como dice el Gabo Garcia Marquez, es el idioma internacional. Atraído por la idea, uno de sus compatriotas, seguramente un oficial de aduana, propone "kambe", la formula china para desear "salud" antes de un brindis.
Un tercer japonesito, representante de los consignatarios de la carga dice entonces "snasdrovya" en un ruso ajaponesado. Otro más agrega "salut" en francés y asi se van sucedendo los nipones en un maravilloso despliegue de cultura alcoholica linguística, donde todos demuestran que saben decir "arriba, abajo, al centro y adentro" en algún otro idioma.
Entonces, le toca el turno al Capitán, un hombre de mundo, que habla mal en algo así como siete idiomas, incluyendo griego, ruso, español, italiano y tagalo. Apabullado por el poliglotismo de sus ocasionales compañeros de bebida, el viejo Dubrovnik decide utilizar una expresion tipicamente italiana, que sin embargo ha escuchado muchísimas veces en sus tantos viajes a la Argentina.
El Capitán alza su copa y, con su mejor sonrisa, proclama:
Lo que el marino croata ignora es que, en japones, la expresion "chin-chin", que literalmente podria traducirse como "el pene pequeñito que tienen los niños", se utiliza despectivamente para decirle a alguien que "la tenes cortita como la de un bebe".
Los seis hijos del sol naciente miran al marino con tal cara de odio, que el pobre tipo solo atina a ampliar la sonrisa y repetir sus buenos deseos de "chin-chin".
Varias horas despues, algun amable oriental le explicaría al angustiado Dubrovnik el significado y la dimensión de su metida de pata, y solo ahí entenderia por qué, desde ese dia, seria considerado "persona non grata" en la mitad de los puertos japoneses.
Bésame, bésame muchio
En los cuentos tradicionales, el beso tiene un tremendo poder transformador. El ósculo es sanador, el chuponazo rompe hechizos y devasta maldiciones. La Bella Durmiente despierta después de cien años de noni -no quiero imaginarme las lagañas- tras un beso de su Príncipe Azul. Blancanieves también hace lo propio y despierta del embrujo de la manzana empozoñada tras un beso de su ¿Príncipe Azul? ¿Es siempre el mismo chabón, que se voltea todas las princesas? ¿O es que son todos azules? ¿Están cianóticos? ¿O son todos primos de la Casa Real de Azul (Provincia de Buenos Aires)? ¿Viene de ahí la fijación de Christian Castro con que el Príncipe es Azul, como el mar azul?
Pero el caso más significativo de un beso como catalizador de una metamorfosis es ese que vuelve a convertir al sapo en un Príncipe Azul. Ya desde los tiempos de los Hermanos Grimm nos lo vienen diciendo en la cara: "sos un batracio, chabón... pero yo, que soy una princesa, te voy a besuquear, por asco que me des, hasta convertirte en un lindo principito afrancesado como el Azul ese, que es la envidia de todas las chicas del reino".
Lo que las princesas besadoras de sapos olvidan es que, antes de que la Bruja Mala lo convirtiera en un simpático bichito verde, el príncipe en cuestión quizás fuera petiso, gordito, medio pelado, con olor a pata y se la pasara mirando ESPN; se olvidan de que los hombres no son príncipes, y menos azules, y que tienden más a parecerse a Jason Alexander que a Hugh Jackman.
Y que, como dice la canción, "a kiss is just a kiss".
So play it again, Sam.
Rima con tarifario
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
Gustavo Adolfo Bécquer
Exija su factura
Unos nombres de mierda
Bautizamos lugares con nombres de otros lugares que -encima- son mufa. No sólo estamos usando nombres de feria americana, que ya fueron usados, sino que pertenecieron a lugares que no la pasaron del todo bien. Por ejemplo, en Buenos Aires hay un barrio que se llama Pompeya. Y, en el Municipio Urbano de la Costa hay un pueblito llamado Nueva Atlantis. A Pompeya se la tragó un volcán y la Atlantis original, se hundió en el mar ¿No es tentar a la mala suerte poner esos nombres? Es como ponerle a un pueblo Villa Puerto Príncipe, Nueva Beirut o Bagdad del Tuyú.
Hay sitios, por otro lado, que fueron nombrados en homenaje a lo peor del lugar. Porque, claro, habiendo tantos cursos de agua caudalosos y llenos de vida, estos salames tenían que fundar un pueblo a orillas de uno por donde no corre ni un hilito de líquido, y encima tienen el tupé de llamarlo Arroyo Seco. Lo que es una suerte es que, en aquel otro pueblo, hayan encontrado un bambi al que le faltaba un ojo. Porque, si de animalitos mutilados se trata, en vez de Venado Tuerto, bien podría haber sido Vaca Renga o Tatú Carreta Castrado.
Algunas provincias tienen nombres inexplicables ¿Por qué salta Salta? Puedo comprender que a la provincia que está entre medio de dos ríos le hayan puesto Entre Ríos. No es un derroche de creatividad, pero tiene lógica. Ahora, que a la provincia que está un poco más arriba le hayan puesto Corrientes, por cómo corre el río o porque tienen electricidad, me parece un poco pedorro. Seamos honestos: si tenemos que asociar una provincia con lo que más la caracteriza, como en el caso de Corrientes, entonces San Luis debería llamarse Vientodelaputamadre, Misiones debería ser Quepedazodemosquitos y las tierras del Gobernador Scioli debería llamarse Salideras.
¿Qué tiene de blanco la Bahía? ¿Qué tienen de buenos los Aires? ¿Dónde está el fuego en un lugar tan al sur que los pingüinos usan guantes y bufanda? A juzgar por la población canina autóctona, Bariloche debería ser en realidad San Bernardo y, en la misma línea, Barrio Norte debería ser Caniche Toy. Llamamos Mar Chiquita a un pueblo a orillas del Atlántico (eh, macho, mirá para el otro lado, que pasando los médanos, en vez de esa laguna de mierda, tenés la inmesidad del mismísimo mar) y Monte Hermoso a un lugar que lo más hermoso que tiene son las playas, no el monte.
Pero el nombre más ridículo de todos es el que nos une como nación: Argentina, la tierra de la plata.
Justo acá, que nunca hay un mango.
Una mina por un iPod
Careless whisper
¡Ah, los asaltos de la preadolescencia! ¡Qué ternura! Había que conseguir una mamá canchera (las divorciadas eran las mejores), que tuviera además un living lo suficientemente grande como para reconvertirlo en pista de baile y que, a la vez, se copara en hervirnos unas salchicas de copetín, pero que no se entrometiera demasiado en el desarrollo de la fiesta. Si la casa tenía un buen "minicomponentes" -lo único que mirábamos para distinguir bueno de malo era el tamaño de los parlantes-, mejor aún. Si no, nunca faltaba el gaucho que le afanaba algo de equipo a su hermano mayor y armaba el audio.
Los chicos llevábamos la bebida y las chicas la comida. Comprábamos lamparitas de colores en la ferretería y reemplazábamos las Osram de toda la casa con luces que nos dieran una falsa intimidad de boliche. Poníamos la música a un volúmen que, en esos tiempos, fines de los alocados '80, creíamos que era altísimo. La mayoría de las veces, nos venían a buscar nuestros viejos, en general interrumpiendo un lento, lo que hacía que todos y cada uno de los asaltos terminara con un sabor agridulce.
Aquel sábado a la noche, habíamos tomado por asalto -justamente, seguro de aquí viene el nombre- el departamento de Leonardo, que no era lo suficientemente grande como para soportar una de nuestras fiestas, pero le ponía onda. Yo había llevado una botella de Mountain Dew y Gisela, un paquete de Kesbun. La chimentografía del colegio indicaba que la mocosita acababa de cortar con Matías, su último novio y el que más le había durado (casi tres semanas), por lo que era la primera vez en muchísimo tiempo que llegaba a un asalto sin novio oficial.
Los buitres revoloteaban a su alrededor. Yo inclusive, porque la pendeja me encantaba.
Cuando empezaron los lentos, dejé pasar un par de temas (One more night, de Phil Collins y Alone, de Heart), para no lucir demasiado desesperado. Cuando el tercer lento salió roncando de los parlantes -Carless Whisper, de Wham, un tema elegido estratégicamente, porque era increíblemente largo- la saqué a bailar.
- ¿Bailás? - propuse
- Dale - respondió con esa sonrisa que me volvía loco
La tomé por la cintura, me lanzó los brazos alrededor del cuello y dimos vueltitas en silencio más o menos hasta la parte donde George Michael propone "so I'm never gonna dance again the way y danced with you". En ese momento respiré hondo y tomé la iniciativa.
- Gise... - dije como en un susurro.
- ¿Si?
- ¿No querés ser mi novia?
- Eh...
- Dale, yo re-gusto de vos, Gi
- Pero lo que pasa es que...
- ¿Qué es lo que pasa, Gisela? - había perdido un poquito la paciencia y el romanticismo se me empezaba a ir al carajo.
- Pasa que gusto de Nico y estoy esperando que se me tire.
- Ah - el sonido de mi corazón destrozado pudo oirse por sobre George Michael, que explicaba que "time could never mend careless whispers".
- Pero no te preocupes que, si Nico no se me tira, me meto con vos.
Seguimos bailando en silencio, hasta que Barry Manilow y su Mandy tomaron la posta en la banda de sonido de esa noche patética. La solté inmediatamente y me fui a un rincón a esperar.
Y, sí, tenía 11 años y era así de ingenuo. Suponía que el tal Nico no iba a hacer su movida y finalmente llegaría mi turno de lucir un corazón que dijera "Diego y Gisela" en mi Manual Santillana. A esa edad, en esos tiempos, el amor era un juego tan naif que ser el "plan b" de la chica más trola del curso no parecía un gran problema. Hoy, una situación así nos mandaría todo un semestre a terapia.
Por supuesto, y como era de esperarse, Nico se le tiró durante el primer estribillo de Better be home soon, de Crowded House, justo cuando el tipo cantaba "but I know I'm right for the first time in my life".
De la bronca, me bajé todo el paquete de Kesbun sin convidarle a nadie.
Hoy Gisela -un cuarto de siglo después de aquella noche siniestra- me envió una solicitud de amistad en Facebook. Como soy un tipo rencoroso, estoy pensando seriamente en aceptarla.
Para poder mandarla bien al carajo.
El amigo puto
¿Cómo brindás con un tipo que tiene gripe?
Problemas, soluciones y antisoluciones
Diálogo I
- Che, boludo, no sábes - le dice un amigo al otro - se me rompió el coche.
- ¿Y se lo llevaste al taller de Lucho?
- No, ni en pedo se lo llevo a Lucho, es un ladrón. La última vez me rompió el orto con la mano de obra y el auto siguió andando como la mierda.
- Bueno - reflexiona el tipo - también está el taller de Tito... escuché en el barrio que está en la mala, que tiene poco laburo, así que por ahí se porta bien y no te sacude tanto.
- Uh, gracias por el dato, se lo llevo a Tito.
Diálogo II
- Ay, no sabés lo que me pasó - dice una amiga a otra, al teléfono, como preámbulo de una catástrofe.
- Ay, no sé, pero contame ya.
- ¡Se me rompió el secador de pelo!
- Nah... ¿En serio?
- Ay, sí, boluda, estoy re-mal.
- Pero... ¿Qué secador? ¿El alemán? ¿Ese que te había traído tu vieja de Europa?
- Sí, ese, ese mismo - empieza a lagrimear la damnificada - Era bárbaro, ese secador.
- Seh... era genial... chiquito, lo podías meter en la cartera.
- Y no hacía nada de ruido.
- Ni te quemaba el pelo.
- ¡Qué cagada que se haya roto! ¡Estoy destrozada!
- Sí, la verdad, qué mierda.
Diálogo III
- Ay, gordo, no sabés - se lamenta la novia.
- ¿Qué te pasó? - se alarma el pobre tipo, pensando que se murió la abuela, la rajaron del laburo o le pusieron vidrio molido en la comida del Bobby.
- ¡Se me rompió la planchita del pelo!
- ¿Y? - resopla el novio - ¡Comprate otra y dejame ver el partido!
- Pe... pe... pero... - tartamudea ella - ¡Vos no entendés nada, infeliz!
Y mientras la dama del tercer diálogo rompe en un llanto frenético, lleno de hipos y mocos, el buen hombre comprende que, cuando un hombre habla de sus problemas, es porque necesita resolverlos. En cambio, cuando una mujer habla de sus problemas, lo único que busca es poder lamentarse a gusto.
No busca una solución, sólo quiere regodearse en su propio sufrimiento.
Jamás voy a entender para qué las minas parlotean sobre sus conflictos -triviales o mayúsculos- sin la menor intención de tomar un curso correctivo. Por eso, cuando quiero una solución, lo hablo con mis amigos. Y cuando una de las tantas mujeres que me rodea me viene con un tema conflictivo, me limito a fingir una sonrisa de empatía y acariciarles la cabeza, como a un cachorrito lastimado.
