Flor de candidata
Hace días que se viene diciendo que Florencia Peña sería candidata por el Kirchnerismo. Estaría bueno, finalmente tendríamos un frente para la victoria.
Nada que perder
El día que supo que era el fin del mundo, salió de la cama con una alegría inusitada. La existencia se acabaría en un puñado de horas, así que no tenía nada que perder. Prendió un cigarrillo -pese a que hacía ya ocho años que no fumaba- y se lo pitó despacito, en la cama, importándole un cuerno si su mujer protestaba. Tiró la ceniza al piso y apagó el pucho en la alfombra. Era el último día ¿Qué más daba?
Se desayunó un cuarto litro de whisky y, como era lunes y ya eran más de las diez, se puso un short, una remera y unas ojotas, y se fue a la oficina. Ni bien entró, lo primero que hizo fue romperle la boca de un beso a la recepcionista. Siempre había tenido ganas y, en ese día tan especial, iba a darse todos los gustos. Irrumpió en la oficina de su jefe y -sin ningún reparo-, le dijo que era un cornudo impotente, hijo de un buque portacontenedores lleno de putas. Tras un limpio pero contundente jab en la mandíbula, se retiró de las instalaciones.
Pasó gran parte de la tarde en un reconocido prostíbulo del centro, que suele ser frecuentado por jueces y futbolistas. Pagó honorarios de meretrices de cuatro cifras, se despilfarró los ahorros en unas pocas horas. Total... ¿Para qué ahorrar, si todo acabaría pronto?
Cuando caía la noche -y se acercaba el inminente final- llamó por teléfono a Lucrecia, su ex novia de la adolescencia, nada más que para confesarle que nunca la había podido olvidar, le contó a su prima que siempre le había tenido ganas y le declaró a su mejor amiga todos esos años de amor reprimido.
Era un día con nada para perder. Y, con tantas cosas perdidas, había que hacer que valiera la pena.
Se desayunó un cuarto litro de whisky y, como era lunes y ya eran más de las diez, se puso un short, una remera y unas ojotas, y se fue a la oficina. Ni bien entró, lo primero que hizo fue romperle la boca de un beso a la recepcionista. Siempre había tenido ganas y, en ese día tan especial, iba a darse todos los gustos. Irrumpió en la oficina de su jefe y -sin ningún reparo-, le dijo que era un cornudo impotente, hijo de un buque portacontenedores lleno de putas. Tras un limpio pero contundente jab en la mandíbula, se retiró de las instalaciones.
Pasó gran parte de la tarde en un reconocido prostíbulo del centro, que suele ser frecuentado por jueces y futbolistas. Pagó honorarios de meretrices de cuatro cifras, se despilfarró los ahorros en unas pocas horas. Total... ¿Para qué ahorrar, si todo acabaría pronto?
Cuando caía la noche -y se acercaba el inminente final- llamó por teléfono a Lucrecia, su ex novia de la adolescencia, nada más que para confesarle que nunca la había podido olvidar, le contó a su prima que siempre le había tenido ganas y le declaró a su mejor amiga todos esos años de amor reprimido.
Era un día con nada para perder. Y, con tantas cosas perdidas, había que hacer que valiera la pena.
Secretos
- Los masones son como los extraterrestres: creemos que existen, pero nunca nadie los vio de cerca.
- No estés tan seguro. Vos viste uno.
- ¿Eh?
- Gerónimo.
- ¿Extraterrestre?
- No, masón, boludo.
- Ah... eso explica un par de cosas.
- No estés tan seguro. Vos viste uno.
- ¿Eh?
- Gerónimo.
- ¿Extraterrestre?
- No, masón, boludo.
- Ah... eso explica un par de cosas.
El síndrome del murciélago
Batman es el único superhéroe que no tiene poderes. No vuela, no tiene una fuerza extraordinaria, no se hace invisible, no desarrolla una increíble velocidad, ni siquiera es capaz de vivir bajo el agua y hablar telepáticamente con un atún.
En síntesis, es un completo inepto, pero con mucha plata. Todo lo que no es, lo puede comprar. Batman es una mezcla de Mauricio Macri y Ricardo Fort.
En síntesis, es un completo inepto, pero con mucha plata. Todo lo que no es, lo puede comprar. Batman es una mezcla de Mauricio Macri y Ricardo Fort.
Una depresión compacta
Antes, cuando me deprimía, compraba discos. Los admito, siempre fui un consumista de mierda y comprarme algo me levanta el ánimo. Durante muchísimos años, mi versión "adicto a las compras" del Prozac fueron los CDs. Cada vez que estaba mal, entrada a Musimundo, me pasaba una hora entera -a veces más- revolviendo bateas y salía del local un poco más pobre, pero también bastante menos miserable. Siete años de matrimonio explican una colección que excede los 500 títulos.
Pero, desde que existen las descargas P2P, las cosas han cambiado. Ya no se compra, se descarga. Y no es lo mismo. Para peor, los precios de los redonditos de plástico es cada vez más prohibitivo, motivando hasta al más patético de los compradores compulsivos a buscar un Torrent antes que a sacar la Mastercard.
Los tiempos, las tecnologías y la industria discográfica han cambiado mucho en los últimos años. A tal punto que a uno, no lo dejan ni deprimirse en paz.
Pero, desde que existen las descargas P2P, las cosas han cambiado. Ya no se compra, se descarga. Y no es lo mismo. Para peor, los precios de los redonditos de plástico es cada vez más prohibitivo, motivando hasta al más patético de los compradores compulsivos a buscar un Torrent antes que a sacar la Mastercard.
Los tiempos, las tecnologías y la industria discográfica han cambiado mucho en los últimos años. A tal punto que a uno, no lo dejan ni deprimirse en paz.
Un reportaje y dos pancitos
Nota: Hice esta entrevista para una
revista que jamás va a publicarla, así
que aprovecho para adueñármela y
compartirla con los nostálgicos de siempre.
Tiene 84 y no para. Sí, 84 y el status de leyenda. Porque Carlitos Balá, el señor del flequillo, el del gestito de idea, el que siempre llegaba “más rápido que un bombero”, el que le hizo preguntarse a una generación -o quizás dos- qué gusto tiene la sal, sigue activo y obstinado en no dejar los escenarios.
Nació Carlos Salím Balaá, hijo de inmigrantes libaneses y -es ya parte del folcklore de su carrera- practicaba sus monólogos en los colectivos de la línea 39, “porque yo era muy tímido, cuando empecé”. Se inició en “La revista dislocada” de Delfor Amaranto, por Radio Splendid, y pronto migró a la tele, esa que lo conviritió en el favorito de los chicos.
A lo largo de su extensísima carrera hizo 19 programas de televisión, filmó 18 películas y perdió la cuenta de cuántos espectáculos teatrales, de cuántas giras de su famoso Circo, lo han llevado a recorrer el país. La legislatura de la ciudad de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada de la Cultura de la ciudad en septiembre del 2009 y se lo sigue viendo alegre y con ganas de hacer reír. Un kilo y dos pancitos.
Hay que tener ganas de seguir trabajando, llegada cierta edad...
Si sigo trabajando a mi edad y después de 55 años de carrera -empecé en 1955, en “La revista dislocada”- es gracias al cariño de la gente, que me da mucho placer, muchas ganas de vivir.
La idea de jubilarte, ni se te cruza por la cabeza.
Todavía no. Y el día que me retire, me voy a ir en silencio y sin decirle nada a nadie. Hay muchos que anuncian que se retiran solamente para después volver, porque no les va bien en lo que sea que hagan, o porque extrañan la fama.
¿Sos un cómico full time, arriba y abajo del escenario?
No, abajo del escenario soy mucho más divertido que arriba. No paro nunca. Yo me subo a un colectivo -porque viajo en colectivo, sí- y empiezo a hacer de vendedor ambulante, a vender lapiceras... Una vez uno me tomó en serio y me dijo “deme dos”. La gente se le cagaba de risa en la cara, pobre tipo. Yo entro al consultorio del médico, que están todos silenciosos, no se miran, no se hablan, y enseguida empiezo a hacer chistes, a darle charla a la gente. Conmigo, la sala de espera es una fiesta. Es que me gusta dar alegría, salir de la rutina.
¿Por qué la gente no es más así? ¿Por qué vivimos siempre tan amargos?
La gente tiene mucho miedo. Miedo del que está al lado. Miedo de que sea un loco, que esté drogado, que te robe, que te mate. Deberíamos ser más naturales, viviríamos mucho más contentos.
¿Cómico se nace o se aprende?
Yo creo que cómico se nace, pero hay que perfeccionarse. Hay que estudiar, para aprender los trucos del oficio, para aprender a no matar tus propios chistes, a levantarle el ánimo a un público que está depre porque -por ejemplo- afuera llueve, y la gente se pone triste en los días grises. Hay que trabajar muy duro para desarrollar un estilo personal, como tenía Biondi, como tenía Marrone, como tenía Verdaguer. Es una lástima que nadie haya puesto una escuela de cómicos en nuestro país, habiendo tenido tan buenos comediantes, desde siempre.
¿Quiénes te hacen reír?
Los clásicos: Buster Keaton, Charles Chaplin. Chaplin, si tenía dos metros para caminar, hacía un gag por metro y, si le sobraba tiempo, hacía dos más. Me hace reír Jerry Lewis y su heredero natural, este chico Jim Carrey. Me matan las caras de Carrey, logró una comedia física, unas expresiones que superan inclusive a Jerry Lewis.
¿Qué te apasiona?
La tele. Tener el televisor al pie de la cama, agarrar el control remoto y hacer zapping. A veces me duele el dedo de tanto cambiar de canal. Empiezo siempre en el canal 80 y voy para abajo, hasta que encuentro algo que me guste. Puedo quedarme viendo una serie, un canal de cocina, o una película. Eso sí, siempre con subtítulos: me encanta escuchar las voces originales de los actores.
Apareció el famoso Chupetómetro en el programa de Julián Weich y tu nombre volvió a sonar...
Sí, me lo pidieron y... ¿Cómo no se los iba a dar? Julián es un tipo al que quiero y respeto muchísimo, y que me hayan pedido el chupetómetro es un gran homenaje. Se los presté, no cobré un peso, pero por supuesto les pedí que se me mencione, que al fin y al cabo lo inventé yo.
Tu público, el que se crió con vos, ya está crecidito.
Y, sí... mi público son señores de 40. Pero los padres son mis mejores promotores. Me vienen a ver y traen a sus hijos. Les explican que “este es el señor que me hacía reír cuando yo era chico” y hasta les enseñan todos los rituales de las cosas que hago yo... ¡Les enseñan a contestar qué gusto tiene la sal!
¿Y cómo te reciben los más chiquitos?
Me miran con cara de “qué loco, este tipo”, pero se terminan divirtiendo mucho.
¿Cómo es tu relación con los adultos, con esos chicos que crecieron, después de tantos años?
Ah, es maravilloso, después de tantos años. Guardo todos los dibujitos que me han regalado los chicos. Soy el único que guarda todo. Hace poco, me cruzó un señor por la calle, cerca de casa, y me abrazó llorando de la emoción, porque en mi último CD había salido impreso un dibujo que me regaló él hace más de treinta años. Pero yo guardo todo, tengo montones de biblioratos, en casa. Inclusive, muchos me han escrito pidiéndome que los llame para saludarlos, para su cumpleaños, y yo llamo a todo el mundo.
¿Te agendás el 9 de agosto, para llamarme?
¡Por supuesto! ¡Además, qué fecha! Yo soy del 13 de agosto de 1925.
Leonino, gente de carácter.
Sí, gente de carácter y de trabajo, que no nos gusta sentirnos humillados. Orgullosos, pero no engrupidos.
¿Qué planes tenés para el futuro?
Mirá, nene... Tengo 84 años, como que mucho tiempo para planear no me queda. Además... ¿Qué se puede planear en un país donde todo es tan inestable, donde te cambian las reglas de juego a cada rato, donde no sabés qué puede pasar mañana?
Todos los calvos de la redacción me han encargado que te pregunte cómo hacés para mantener así tu pelo.
¡Me lo lavo!
Eh... pero... ¿Con algún shampoo especial?
No, con un shampoo común y corriente, barato. Y mi pelo es todo natural, aunque con el tiempo se me han ido cayendo unos cuantos piolines. Mucha gente me pregunta por marcas, por productos especiales. No uso nada de eso. Es más, en todos estos años, nunca un sponsor, nunca un “Carlitos Balá se peina con peines Pirulo”, nunca una marca que me pusiera un mango en el flequillo, che.
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- ¿Te puedo hacer una pregunta yo a vos, ahora? - le dice Balá al cronista.
- Sí, por supuesto - responde sorprendido el periodista.
- ¡¿Qué gusto tiene la sal?!
- ¡Saaalaaadooo!
- Sí, claro... ¡Si el gobierno no lo cambia!
La tele según Daniel Malnatti
- ¿Cómo se hace para ser un periodista serio y hacer notas comprometidas, después de haber logrado la primera fama en CQC? ¿El antecedente no te afecta la credibilidad?
- Ese tipo de dilemas no esta en la cabeza de los televidentes. Quien mira tv no opera siguiendo esa lógica. Por el zapping que hacemos todo el tiempo -e incluso por la estructura interna de la mayoria los programas, que es tan fragmentada- es como si estuviésemos viendo todo el tiempo un solo programa: Un programa de 24 horas y 400 frecuencias; que es serio, que es cómico, que es dramático, que es impactante, que es bizarro, y que nunca es aburrido.
- Ese tipo de dilemas no esta en la cabeza de los televidentes. Quien mira tv no opera siguiendo esa lógica. Por el zapping que hacemos todo el tiempo -e incluso por la estructura interna de la mayoria los programas, que es tan fragmentada- es como si estuviésemos viendo todo el tiempo un solo programa: Un programa de 24 horas y 400 frecuencias; que es serio, que es cómico, que es dramático, que es impactante, que es bizarro, y que nunca es aburrido.
Reflexión con nota escatológica
Es sabido que la mierda flota.
¿Será por eso que, cuando nos estamos hundiendo, nos aferramos tanto a la mierda?
No nos olvidemos nunca: que esté a flote no la hace menos mierda, eh.
¿Será por eso que, cuando nos estamos hundiendo, nos aferramos tanto a la mierda?
No nos olvidemos nunca: que esté a flote no la hace menos mierda, eh.
Viajando a Haedo en el Sarmiento
Promoción
Si querés ver un buen espectáculo de stand up, no te pierdas la función de esta noche de Stand up de una noche de verano, con Fanny Vega, Guillermo Selci, María Tomsig, Gonzalo Dumpier y Gabriela Wasser. Haciendo la reserva aquí y poniendo "Joven Argentino" al lado de tu nombre, te llevás 2 entradas al precio de una.
Resucitan 200 chilenos
Parece que, en medio del quilombo, algunos carabineros en la zona de Maule olvidaron la diferencia entre "muerto" y "desaparecido" (para el lector despistado, la diferencia -sutil- es entre "tenemos el fiambre" y "aún estamos buscando el fiambre"), por lo que las estadísticas de víctimas estarían infladas como en 200 muertos que, presuntamente, no lo están. Al menos por ahora.
Yo digo que les mandemos al Indek. Van a ver cómo, en una semanita, no se murió nadie.
Yo digo que les mandemos al Indek. Van a ver cómo, en una semanita, no se murió nadie.
Imágenes de un viaje en tren
Es verano y la calle huele a jazmines. Escucho el ronroneo del tren y corro para alcanzarlo. Llego un décima de segundo antes de que la puerta se cierre y me desparramo en la rígida butaca de plástico.
El tren ruge y traquetea sobre los rieles helados. El olor a humo me anuncia que San Isidro ya está lejos. El calor avasallante de Buenos Aires me invade.
La capital está llena de sensaciones: el zumbido de los coches, las explosiones de los colectivos, el chillido de los vendedores ambulantes, el la peste de la basura en la calle y el perfume a eucalipto de las plazas, la música en cada esquina, el murmullo de la gente y el continuo tac-tac de mi bastón blanco contra la vereda.
El tren ruge y traquetea sobre los rieles helados. El olor a humo me anuncia que San Isidro ya está lejos. El calor avasallante de Buenos Aires me invade.
La capital está llena de sensaciones: el zumbido de los coches, las explosiones de los colectivos, el chillido de los vendedores ambulantes, el la peste de la basura en la calle y el perfume a eucalipto de las plazas, la música en cada esquina, el murmullo de la gente y el continuo tac-tac de mi bastón blanco contra la vereda.
Alerta por inundaciones
Ante el alerta del Servicio Meteorológico por fuertes lluvias en la ciudad, el gobierno de Mauricio Macri convocó a un equipo de expertos locales e internacionales en la materia para desarrollar un plan de contingencia, en caso de que la ciudad se vuelva a convertir en una gigantesca laguna.
"Por lo pronto, haremos a través del gobierno de la ciudad una convocatoria general para reunir a una pareja de cada especie", explicó Noé en conferencia de prensa, mientras mostraba los planos del Arca cuya costrucción estaría comenzando en Plaza San Martín. El reconocido patriarca y bíblico arquitecto naval no descarta la posibilidad de solicitar la intervención del Padre Silvestre.
Según fuentes vinculadas al gobierno de la ciudad, sin embargo, estarían escaseando los materiales necesarios para finalizar la embarcación a tiempo. "Tengo que conseguir mucha madera", agregó Lito Nebbia, encargado de logística y suministros del equipo macrista, "tengo que conseguir de donde sea".
Entre tanto, una facción disidente del gobierno ruso, bajo las órdenes del Capitán Marko Ramius, habría puesto a disposición de la ciudad al famoso Octubre Rojo, en caso de que el transporte público colapse. "Según nuestros estudios", declaró Ramius, "la calle Humboldt tiene suficiente profundidad para navegar un submarino clase Typhoon".
Por otro lado, se estaría negociando con Paul McCartney, Ringo Starr y las respectivas viudas de John Lennon y George Harrison por un posible arrendamiento del archifamoso Submarino Amarillo.
"Por lo pronto, haremos a través del gobierno de la ciudad una convocatoria general para reunir a una pareja de cada especie", explicó Noé en conferencia de prensa, mientras mostraba los planos del Arca cuya costrucción estaría comenzando en Plaza San Martín. El reconocido patriarca y bíblico arquitecto naval no descarta la posibilidad de solicitar la intervención del Padre Silvestre.
Según fuentes vinculadas al gobierno de la ciudad, sin embargo, estarían escaseando los materiales necesarios para finalizar la embarcación a tiempo. "Tengo que conseguir mucha madera", agregó Lito Nebbia, encargado de logística y suministros del equipo macrista, "tengo que conseguir de donde sea".
Entre tanto, una facción disidente del gobierno ruso, bajo las órdenes del Capitán Marko Ramius, habría puesto a disposición de la ciudad al famoso Octubre Rojo, en caso de que el transporte público colapse. "Según nuestros estudios", declaró Ramius, "la calle Humboldt tiene suficiente profundidad para navegar un submarino clase Typhoon".
Por otro lado, se estaría negociando con Paul McCartney, Ringo Starr y las respectivas viudas de John Lennon y George Harrison por un posible arrendamiento del archifamoso Submarino Amarillo.
Desparpajo y catarsis
En los blogs, uno se anima muchas veces a decir las cosas que no diría en voz alta. En un blog se puede ser políticamente incorrecto, hacer catarsis, despacharse con chistes negros y de mal gusto sobre cuestiones macabras, hablar con desparpajo y dejar salir todo eso que -socialmente- no nos permitimos.
En los blogs podemos escribir lo que nunca diríamos en público.
Pero Facebook tiene un valor agregado. Y es que se pueden formar grupos para hacer procesos de catarsis colectivas y decirle al mundo eso que todos pensamos, pero nadie se anima del todo a verbalizar.
Y, además, hacerlo en patota virtual.
En los blogs podemos escribir lo que nunca diríamos en público.
Pero Facebook tiene un valor agregado. Y es que se pueden formar grupos para hacer procesos de catarsis colectivas y decirle al mundo eso que todos pensamos, pero nadie se anima del todo a verbalizar.
Y, además, hacerlo en patota virtual.
El jefe: un manual de supervivencia
La oficina es el campo de batalla. Y el enemigo es el jefe ¿Porque quién no ha tenido un jefe hijo de puta? Muchas veces, pareciera que la mala leche es condición sine-qua-non para llegar al poder dentro de una estructura corporativa y todos hemos sufrido jefes insufribles. “Casi te diría que todos los jefes, por definición, son imposibles”, se arriesga Demian Sterman, co-autor, junto a David Rotemberg, del libro “Cómo sobrevivir a un jefe hijo de puta”.
“La hijaputez puede adoptar innumerables formas”, agrega terminante Alejandra Bavera, Consultora en Recursos Humanos, “a veces es evidente, otras se esconde detrás de cobardes e inesperadas fachadas; pero siempre de una u otra forma perjudica al empleado”.
Según los especialistas, hay toda una taxonomía del jefe hijo de puta; se los puede dividir en categorías. Porque, como los animalitos -además de que mucho mejor lucen enjaulados o con la cabeza disecada, colgando en el living-, son material de estudio.
¿Jefes? ¡Encontrá al tuyo!
El negrero: Un clásico de clásicos, el hijo de puta por excelencia, el jefe explotador obliga a su tropa a trabajar de más sin pagar extra. Su herramienta por excelencia es la amenaza. El despido o la transferencia a un puesto desfavorable, entre los favoritos. Su repertorio incluye grandes hits como “mirá que allá afuera tengo una fila de gente esperando para hacer tu laburo por la mitad de la guita”, “nadie es imprescindible” o “a mí no me va a temblar el pulso si tengo que firmar un telegrama”. Es autoritario y opresivo. “Basa su poder en el miedo, con lo que genera sumisión y, a la vez, escepticismo”, dice Alejandro Pomsztein, de Consultora APS, que dicta cursos sobre liderazgo (¡Ja! Qué buenos mandos tenemos en las empresas, si hay que pagar cursos sobre liderazgo ¿No?). “No se debe caer en la tentación de intimidar a los empleados a partir del convencimiento de que el jefe lo sabe todo”, dice en sus conferencias sobre liderazgo el gurú Peter Druker. Lástima que, con lo caras que son sus conferencias, le den tan poca bola.
El controlador: “Este tipo de jefe es obsesivo y no tolera que lo contradigan”, explica Alejandra Bavera, “vive ocupándose de detalles menores: un atentado contra la eficiencia, que hace que todos tengan que trabajar mucho más para lograr los objetivos”. Carne de diván, el tipo revisa el trabajo de todo el sector, no delega, no capacita a nuevos mandos y controla los horarios al minuto. Le quema la cabeza a sus empleados en forma permanente, convenciendo a los de carácter más débil de que son completos ineptos y de que el único que conoce y entiende el trabajo es él. Es canuto con la información -aún con las cosas sin importancia-, convencido de que eso le da poder. Desconfía de todo y de todos. “Nunca está satisfecho con el trabajo de los demás y, cuando no le queda otra que reconocer lo bien que trabaja el empleado, se esmerará en demostrar que fue su propio aporte el que hizo que el empleado brillara”, se lamenta Sterman.
El vago: El tipo llega tarde, se va temprano, se toma tres horas de almuerzo y encima, cuando vuelve, el muy caradura cierra la puerta de su despacho y se pega una siestita. Este tipo de jefe -el ñoqui corporativo- puede ser una bendición, en el sentido de que molesta poco. Pero es a su vez un cáncer: además de tu trabajo, vas a tener que hacer el de él. “Este tipo de jefe te vende la idea de que todo es un gran trabajo en equipo, pero la verdad es que es todo una estrategia orquestada para que a él no le toque hacer nada”, se resigna Bavera.
El inseguro: Lameculos por excelencia, ascendió a fuerza de sobar calcetines de sus superiores. Ahora, que es jefe, sigue funcionando exactamente igual, lamiéndole las nalgas a los que están en el palo más alto del gallinero empresarial. “Es tan inseguro que se vuelve paranoide”, define Bavera, “y cree que sus pares están conspirando contra él, por lo que se la pasa haciendo política para cuidar su quintita”. Si bien no es un hijo de puta hecho y derecho que vaya a hostigarte, su personalidad te va a cortar las alas. Como prefiere pasar desapercibido, trabajar para él es condenarse a un perfil bajísimo que te mantendrá alejado de premios y ascensos; además de mantenerte in-eternum bajo su exclusivo control. “Si un directivo se empeña en mostrar que tiene el mando, pondrá en evidencia su inseguridad”, citamos nuevamente a Druker. Porque, sí, detrás de cada tirano hay un lameculos temeroso que necesita terapia.
El amigote: Al grito de “acá somos todos iguales”, “hoy por ti, mañana por mí”, “esto es una gran familia” y otros clichés igualmente insípidos, hay un tipo de jefe que “se hace el amigo, te cuenta sus problemas conyugales y te invita un trago después del horario de trabajo”, diagnostica Sterman. Primera señal de peligro, según el autor: se desdibujan los límites de la autoridad y se afecta el vínculo laboral. Pero, además, dice Alejandra Bavera, “este falso amigote es muy peligroso, porque no dudará en apelar a esa amistad para pedir favores o esfuerzos extra; por mucho que se jacte de ser abierto, secretamente desprecia a sus empleados y se cree superior”. Un turro manipulador, dirían en el consultorio del psicólogo del barrio.
El negociador: Llamar a esta clase de jefe como “negociador” es, definitivamente, un eufemismo, cortesía del Ingeniero Pomsztein. Porque, la verdad, el tipo no es ni más ni menos que un chantajista. “Este tipo de jefe crea una relación de intercambio y está orientada a la entrega de recompensas, materiales o simbólicas, a los demás miembros del equipo”, dice el consultor, “así, genera una sumisión deliberada en busca del premio”. Muchas veces, según Alejandra Bavera, el negociador es corrupto: “anda metido en cuanta transa da vueltas por ahí”, agrega, “vos lo sabés y no lo podés demostrar; él sabe que lo sabés, así que no te puede rajar, pero tampoco te asciende, a ver si todavía le complicás el quiosco... pero, eso sí, de vez en cuando te hace un buen regalo”.
El jefe digital: Entre la computadora, la laptop, la netbook, el Blackberry, el Nextel y el beeper -sí, tiene uno, lo conserva desde los '80-, el jefe digital vive conectado y siempre tiene alguna pantalla a la que prestarle más atención que a las cuestiones de trabajo. “Cuando finalmente lográs que te reciba”, protesta Rotenberg, “se la pasa respondiendo mails mientras le hablás”. Irrespetuoso y con aires de superioridad, usualmente es un adicto al trabajo que pretende que sus empleados trabajen 20 horas al día, como él -como si todos recibieran el mismo sueldo-, que le hace sentir a sus subalternos que son todos unos vagos por no seguirle el tren,“no tiene vida fuera de la oficina, pide las cosas a las seis de la tarde del viernes y te llama al celular durante las vacaciones”, alega descarnadamente Bavera, que parece haberlo vivido en carne propia.
El inútil: Nunca se sabe cómo este tipo logró el puesto, pero lo logró. En forma circunstancial seguramente: una transferencia, una amistad, un parentesco; cualquier hecho fortuito puede poner en tu camino a uno de esos inútiles que se la pasan diciendo cosas como “lo mío son las decisiones generales, para los detalles estás vos”, “si a mí me va bien, nos va a ir bien a todos” o “cuando yo deje este puesto, quiero que quede alguien ya preparado para ocuparlo”. Bajo las órdenes de un bicho de estos, olvidate de un ascenso, porque se la va a pasar prometiéndolo, pero “el límite será su propia ineficiencia”, dice Bavera.
Estrategias anti-jefe
Pese a que existe toda una fauna de jefes que van desde lo ligeramente atorrante hasta lo más absolutamente hijo de puta, negrero y explotador, las claves para combatirlo son básicamente tres. Porque la guerra contra una mala jefatura se reduce, a la larga, a la darwiniana supervivencia del más apto. Es él o vos y uno de los dos tendrá que caer.
Por eso, los expertos vernáculos recomiendan tres cursos de acción posibles:
El aguante: Seamos honestos, el laburo no abunda. Y, la mayoría de las veces, simplemente no da para cumplir con la ancestral fantasía de mearle el escritorio al turro de turno e irse dando un portazo, pero con la dignidad en alto. Entonces, no queda otra que aguantar y subsistir. “Todo pasa, incluso el jefe”, consuela el Ingeniero Pomsztein, “y para subsistir, ante todo, no hay que apresurarse; muchas veces el empleado se equivoca por apurado, nomás para contentar al jefe hijo de puta o evitar las quejas y termina convirtiéndose en el Señor Smithers”. El autor del libro “Cómo sobrevivir a un jefe hijo de puta” aconseja, además, el perfil bajo: “exponerse poco, no aparecer como un elemento que pueda disputarle el puesto”, a lo que agrega Bavera que siempre es una buena idea, y una de las pocas armas disponibles, “tratar de cumplir lo mejor posible con el trabajo que se espera de uno, para no dar lugar a críticas”.
La guerra abierta: Mandar al jefe en cana siempre es una opción. No siempre la más sabia, pero una opción. “Si tenés evidencias de mal comportamiento y de cómo eso afecta a los empleados e, inclusive, a la compañía, siempre podés reportarlo a una jerarquía más alta”, explica Bavera, “pero es un paso difícil, que nos puede rebotar como un bumerang… Ganarle la batalla a un jefe es un trámite con fecha de vencimiento muy cercana; eventualmente, alguien se tiene que ir y, si en ese 'ganarle' el jefe no fue despedido, tenés los días contados; te va a hacer la vida miserable”.
La huída: “La otra salida para evitar una vida laboral miserable”, se resigna Bavera, “es simplemente dejar de trabajar para ese jefe”. La renuncia es el último recurso, pero un traslado de sección siempre es una posibilidad. “Asesinar al jefe es una opción”, acota Sterman, “aunque aún no está autorizado por ninguna organización de derechos humanos”. Como dice Sun Tzu en “El arte de la guerra”, la mejor batalla es esa que no se pelea.
Pero lo más importante -explica Demian Sterman- es entender que “el trabajo no es tu vida, es sólo un trabajo; la vida es eso que pasa afuera de las cuatro paredes de tu box. Una vez que tomás conciencia de eso, te das cuenta de que la parte más patética se la lleva ese hijo de puta”.
Porque será tu jefe, pero tu vida es tuya. No le pertenece a tu jefe. Y puede irse bien a cagar.
“La hijaputez puede adoptar innumerables formas”, agrega terminante Alejandra Bavera, Consultora en Recursos Humanos, “a veces es evidente, otras se esconde detrás de cobardes e inesperadas fachadas; pero siempre de una u otra forma perjudica al empleado”.
Según los especialistas, hay toda una taxonomía del jefe hijo de puta; se los puede dividir en categorías. Porque, como los animalitos -además de que mucho mejor lucen enjaulados o con la cabeza disecada, colgando en el living-, son material de estudio.
¿Jefes? ¡Encontrá al tuyo!
El negrero: Un clásico de clásicos, el hijo de puta por excelencia, el jefe explotador obliga a su tropa a trabajar de más sin pagar extra. Su herramienta por excelencia es la amenaza. El despido o la transferencia a un puesto desfavorable, entre los favoritos. Su repertorio incluye grandes hits como “mirá que allá afuera tengo una fila de gente esperando para hacer tu laburo por la mitad de la guita”, “nadie es imprescindible” o “a mí no me va a temblar el pulso si tengo que firmar un telegrama”. Es autoritario y opresivo. “Basa su poder en el miedo, con lo que genera sumisión y, a la vez, escepticismo”, dice Alejandro Pomsztein, de Consultora APS, que dicta cursos sobre liderazgo (¡Ja! Qué buenos mandos tenemos en las empresas, si hay que pagar cursos sobre liderazgo ¿No?). “No se debe caer en la tentación de intimidar a los empleados a partir del convencimiento de que el jefe lo sabe todo”, dice en sus conferencias sobre liderazgo el gurú Peter Druker. Lástima que, con lo caras que son sus conferencias, le den tan poca bola.
El controlador: “Este tipo de jefe es obsesivo y no tolera que lo contradigan”, explica Alejandra Bavera, “vive ocupándose de detalles menores: un atentado contra la eficiencia, que hace que todos tengan que trabajar mucho más para lograr los objetivos”. Carne de diván, el tipo revisa el trabajo de todo el sector, no delega, no capacita a nuevos mandos y controla los horarios al minuto. Le quema la cabeza a sus empleados en forma permanente, convenciendo a los de carácter más débil de que son completos ineptos y de que el único que conoce y entiende el trabajo es él. Es canuto con la información -aún con las cosas sin importancia-, convencido de que eso le da poder. Desconfía de todo y de todos. “Nunca está satisfecho con el trabajo de los demás y, cuando no le queda otra que reconocer lo bien que trabaja el empleado, se esmerará en demostrar que fue su propio aporte el que hizo que el empleado brillara”, se lamenta Sterman.
El vago: El tipo llega tarde, se va temprano, se toma tres horas de almuerzo y encima, cuando vuelve, el muy caradura cierra la puerta de su despacho y se pega una siestita. Este tipo de jefe -el ñoqui corporativo- puede ser una bendición, en el sentido de que molesta poco. Pero es a su vez un cáncer: además de tu trabajo, vas a tener que hacer el de él. “Este tipo de jefe te vende la idea de que todo es un gran trabajo en equipo, pero la verdad es que es todo una estrategia orquestada para que a él no le toque hacer nada”, se resigna Bavera.
El inseguro: Lameculos por excelencia, ascendió a fuerza de sobar calcetines de sus superiores. Ahora, que es jefe, sigue funcionando exactamente igual, lamiéndole las nalgas a los que están en el palo más alto del gallinero empresarial. “Es tan inseguro que se vuelve paranoide”, define Bavera, “y cree que sus pares están conspirando contra él, por lo que se la pasa haciendo política para cuidar su quintita”. Si bien no es un hijo de puta hecho y derecho que vaya a hostigarte, su personalidad te va a cortar las alas. Como prefiere pasar desapercibido, trabajar para él es condenarse a un perfil bajísimo que te mantendrá alejado de premios y ascensos; además de mantenerte in-eternum bajo su exclusivo control. “Si un directivo se empeña en mostrar que tiene el mando, pondrá en evidencia su inseguridad”, citamos nuevamente a Druker. Porque, sí, detrás de cada tirano hay un lameculos temeroso que necesita terapia.
El amigote: Al grito de “acá somos todos iguales”, “hoy por ti, mañana por mí”, “esto es una gran familia” y otros clichés igualmente insípidos, hay un tipo de jefe que “se hace el amigo, te cuenta sus problemas conyugales y te invita un trago después del horario de trabajo”, diagnostica Sterman. Primera señal de peligro, según el autor: se desdibujan los límites de la autoridad y se afecta el vínculo laboral. Pero, además, dice Alejandra Bavera, “este falso amigote es muy peligroso, porque no dudará en apelar a esa amistad para pedir favores o esfuerzos extra; por mucho que se jacte de ser abierto, secretamente desprecia a sus empleados y se cree superior”. Un turro manipulador, dirían en el consultorio del psicólogo del barrio.
El negociador: Llamar a esta clase de jefe como “negociador” es, definitivamente, un eufemismo, cortesía del Ingeniero Pomsztein. Porque, la verdad, el tipo no es ni más ni menos que un chantajista. “Este tipo de jefe crea una relación de intercambio y está orientada a la entrega de recompensas, materiales o simbólicas, a los demás miembros del equipo”, dice el consultor, “así, genera una sumisión deliberada en busca del premio”. Muchas veces, según Alejandra Bavera, el negociador es corrupto: “anda metido en cuanta transa da vueltas por ahí”, agrega, “vos lo sabés y no lo podés demostrar; él sabe que lo sabés, así que no te puede rajar, pero tampoco te asciende, a ver si todavía le complicás el quiosco... pero, eso sí, de vez en cuando te hace un buen regalo”.
El jefe digital: Entre la computadora, la laptop, la netbook, el Blackberry, el Nextel y el beeper -sí, tiene uno, lo conserva desde los '80-, el jefe digital vive conectado y siempre tiene alguna pantalla a la que prestarle más atención que a las cuestiones de trabajo. “Cuando finalmente lográs que te reciba”, protesta Rotenberg, “se la pasa respondiendo mails mientras le hablás”. Irrespetuoso y con aires de superioridad, usualmente es un adicto al trabajo que pretende que sus empleados trabajen 20 horas al día, como él -como si todos recibieran el mismo sueldo-, que le hace sentir a sus subalternos que son todos unos vagos por no seguirle el tren,“no tiene vida fuera de la oficina, pide las cosas a las seis de la tarde del viernes y te llama al celular durante las vacaciones”, alega descarnadamente Bavera, que parece haberlo vivido en carne propia.
El inútil: Nunca se sabe cómo este tipo logró el puesto, pero lo logró. En forma circunstancial seguramente: una transferencia, una amistad, un parentesco; cualquier hecho fortuito puede poner en tu camino a uno de esos inútiles que se la pasan diciendo cosas como “lo mío son las decisiones generales, para los detalles estás vos”, “si a mí me va bien, nos va a ir bien a todos” o “cuando yo deje este puesto, quiero que quede alguien ya preparado para ocuparlo”. Bajo las órdenes de un bicho de estos, olvidate de un ascenso, porque se la va a pasar prometiéndolo, pero “el límite será su propia ineficiencia”, dice Bavera.
Estrategias anti-jefe
Pese a que existe toda una fauna de jefes que van desde lo ligeramente atorrante hasta lo más absolutamente hijo de puta, negrero y explotador, las claves para combatirlo son básicamente tres. Porque la guerra contra una mala jefatura se reduce, a la larga, a la darwiniana supervivencia del más apto. Es él o vos y uno de los dos tendrá que caer.
Por eso, los expertos vernáculos recomiendan tres cursos de acción posibles:
El aguante: Seamos honestos, el laburo no abunda. Y, la mayoría de las veces, simplemente no da para cumplir con la ancestral fantasía de mearle el escritorio al turro de turno e irse dando un portazo, pero con la dignidad en alto. Entonces, no queda otra que aguantar y subsistir. “Todo pasa, incluso el jefe”, consuela el Ingeniero Pomsztein, “y para subsistir, ante todo, no hay que apresurarse; muchas veces el empleado se equivoca por apurado, nomás para contentar al jefe hijo de puta o evitar las quejas y termina convirtiéndose en el Señor Smithers”. El autor del libro “Cómo sobrevivir a un jefe hijo de puta” aconseja, además, el perfil bajo: “exponerse poco, no aparecer como un elemento que pueda disputarle el puesto”, a lo que agrega Bavera que siempre es una buena idea, y una de las pocas armas disponibles, “tratar de cumplir lo mejor posible con el trabajo que se espera de uno, para no dar lugar a críticas”.
La guerra abierta: Mandar al jefe en cana siempre es una opción. No siempre la más sabia, pero una opción. “Si tenés evidencias de mal comportamiento y de cómo eso afecta a los empleados e, inclusive, a la compañía, siempre podés reportarlo a una jerarquía más alta”, explica Bavera, “pero es un paso difícil, que nos puede rebotar como un bumerang… Ganarle la batalla a un jefe es un trámite con fecha de vencimiento muy cercana; eventualmente, alguien se tiene que ir y, si en ese 'ganarle' el jefe no fue despedido, tenés los días contados; te va a hacer la vida miserable”.
La huída: “La otra salida para evitar una vida laboral miserable”, se resigna Bavera, “es simplemente dejar de trabajar para ese jefe”. La renuncia es el último recurso, pero un traslado de sección siempre es una posibilidad. “Asesinar al jefe es una opción”, acota Sterman, “aunque aún no está autorizado por ninguna organización de derechos humanos”. Como dice Sun Tzu en “El arte de la guerra”, la mejor batalla es esa que no se pelea.
Pero lo más importante -explica Demian Sterman- es entender que “el trabajo no es tu vida, es sólo un trabajo; la vida es eso que pasa afuera de las cuatro paredes de tu box. Una vez que tomás conciencia de eso, te das cuenta de que la parte más patética se la lleva ese hijo de puta”.
Porque será tu jefe, pero tu vida es tuya. No le pertenece a tu jefe. Y puede irse bien a cagar.
Entrevista virtual a una actriz chiflada de ojos azules
Leticia Bredice es absolutamente encantadora. Está loca, pero es encantadora. La conocí personalmente haciéndole una nota para una revista y entendí -creo-, lo que muchas revistas del corazón se preguntan todo el tiempo: ¿Por qué está sola? Es que hay que seguirle el ritmo a esta mujer que habla a una velocidad espeluznante, que nunca se queda quieta, que no se calla nada de lo que piensa (¿quizás un abuso de su posición de "estrella" de la tele? ¿quizás un abuso de cómo sus ojazos ablandan hasta al más duro?), por incorrecto que sea, que camina demasiado rápido, que no le cuesta mucho mostrar las uñas.
- ¿Te costó despegarte de la imagen sexy y que te tomen en serio como actriz? ¿Te costó mucho que el mercado y el público entendieran que sos mucho más que un cacho de carne?
- Ay, qué feo, decir de una dama "un pedazo de carne". Qué te puedo decir: estudié teatro desde los 12, puedo actuar, puedo hacer muchas cosas.
- ¿Cine, teatro o tele? ¿Qué te gustaría hacer en lo inmediato?
- Teatro... y una segunda temporada de "Impostores", que es un honor estar ahí.
- ¿Dónde te ves dentro de 10 años?
- Me veo dirigiendo, actuando, cuidando plantas, comiendo con mis amigas, jugando con mi hijo. Me veo feliz.
- ¿Sos conciente de que sos una de las solteras más deseadas de la ciudad?
- La verdad, no me importa.
- ¿Qué soñas?
- Sueño siempre, pero nunca me acuerdo.
- Ok, no entendiste a pregunta, pero no importa.
- ¿Te costó despegarte de la imagen sexy y que te tomen en serio como actriz? ¿Te costó mucho que el mercado y el público entendieran que sos mucho más que un cacho de carne?
- Ay, qué feo, decir de una dama "un pedazo de carne". Qué te puedo decir: estudié teatro desde los 12, puedo actuar, puedo hacer muchas cosas.
- ¿Cine, teatro o tele? ¿Qué te gustaría hacer en lo inmediato?
- Teatro... y una segunda temporada de "Impostores", que es un honor estar ahí.
- ¿Dónde te ves dentro de 10 años?
- Me veo dirigiendo, actuando, cuidando plantas, comiendo con mis amigas, jugando con mi hijo. Me veo feliz.
- ¿Sos conciente de que sos una de las solteras más deseadas de la ciudad?
- La verdad, no me importa.
- ¿Qué soñas?
- Sueño siempre, pero nunca me acuerdo.
- Ok, no entendiste a pregunta, pero no importa.
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